Pascua

SANTA

Más allá de mis creencias, que como tales no son nada relevantes, la Semana Santa siempre supone para mí un tiempo de introspección y de reflexión, que me invita a traducir la simbología de este momento para, después, adaptarla a mi vida y a mi proceso personal.

La introspección surge al dar espacio al silencio, cuando escucho y atiendo lo que siento y cuando mi acción es pasiva, y por tanto, receptiva. A mí, la Semana Santa me habla de muerte interior, de la necesidad de dejar ir todo lo que me hace daño, los pensamientos y las creencias de miedo, que me juzgan, que me limitan, que me encadenan y que me dirigen al sufrimiento. Me pide limpieza y me invita a renacer a una nueva forma de vivir, más responsable, más consciente e inocente, más alineada con lo que mi corazón siente. Para mí, la Semana Santa es un tirón de orejas para que deje de preocuparme, para que confíe y me entregue; es una vocecita interior que me dice: ¿Cuántas muertes necesitas para vivir plenamente?

¿Cuántas veces necesito creerme el miedo para darme cuenta de que soy lo opuesto? ¿Cuánto tengo que juzgarme para descubrir que soy inocente? ¿Cuántas penitencias hasta darme cuenta de que mi único pecado es el de haber creído que existe el pecado? ¿Cuánto sufrimiento para darme cuenta de que puedo y debo vivir como quiero? ¿Cuántos “no puedes” hasta asumir la responsabilidad de que si quiero, sí puedo? ¿Cuánto rechazo para elegir, de una vez por todas, quererme?

A mí, la Semana Santa me recuerda que la salvación está dentro de mí, y más importante aún, que esa salvación depende de mí. Depende de lo que elijo creer, depende del lugar desde donde elijo vivir, y del respeto y del amor que tengo hacia mí. Depende de que nunca deje de confiar; y de que no vuelva a juzgar. Depende de lo comprometida que estoy con mi plenitud y con mi capacidad para amar.

A mí, la Semana Santa me da esperanza, me ayuda a recordar que a cada momento dispongo de una nueva oportunidad. A mí, la Semana Santa me incita a darte las gracias por estar ahí, y a desearte, de corazón, una muy feliz Pascua de tu resurrección.

Feliz presente,

Almudena Migueláñez.

Photo by Kazuend

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INMORTALES

"El cielo no está arriba o abajo o a la derecha o a la izquierda. Está en el centro del pecho del hombre que tiene fe". Salvador Dalí.

Volvemos a nacer. Otra nueva oportunidad para un renacimiento que, sin embargo, parece servirnos de poco y por poco tiempo. Un renacimiento que en realidad debería de ser una revolución. Un asalto a nuestros corazones, una llamada a gritos para que renunciemos ya al ciclo de sufrimiento, limitación, muerte, culpa y padecimiento al que nos hemos mal acostumbrado.  ¿Cuántas veces debemos morir para darnos cuenta de que somos inmortales?

La inmortalidad tiene que ver con hacernos ajenos al miedo del ego. La inmortalidad tiene que ver con permitirnos ya, definitivamente, vivir desde y en el centro de nuestro pecho. La inmortalidad es conectar con el cariño y la compasión hacia nosotros mismos, con el perdón hacia mí y con la liberación del otro, con nuestra capacidad para deshacernos de todos los pensamientos que nos hieren, que a veces nos aniquilan, que abren heridas que no cicatrizan. 

Hoy renacemos, pero renacer a la vida sin un firme compromiso de no volver a morir, de no volver a dar autoridad a todo aquello que simboliza muerte en nuestras vidas, sería solo otro ciclo más. Un renacimiento sin la intención de no asumir más lo que nos limita, encarcela y aprisiona, sería tan solo un renacer anunciador de la próxima muerte. 

El sentido de la resurrección es hacernos inmunes a las trampas del miedo, a los juicios de la mente, a las necesidades y expectativas de nuestros egos. Es una nueva oportunidad para descubrir el Reino del amor dentro. 

Renacemos hoy para que nuestra Consciencia Crístico-Búdica, la energía de nuestro corazón, se haga ilimitada e inmortal en nuestras vidas. Para que la luz de nuestro corazón ilumine siempre nuestra oscuridad, convirtiéndola y elevándola. Elevándonos hasta lo inmortal que existe en cada uno de nosotros, el cielo de Dalí en el pecho de cada hombre.

Suelta la cruz, el sufrimiento, la culpa, el dolor que te produce creerte el miedo. Deja ir las expectativas y regresa a la inmortalidad e inocencia de tu corazón. Vuelve a jugar.  Eres libre, merecedor. Eres amor.

Feliz Pascua de Resurrección,

Almudena Migueláñez.

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